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Una infancia truncada por el asedio y el sangriento atentado de Alepo

20 abr 2017
06h51
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Ibrahim Amar, de 17 años, está solo con su hermana, de 14 años, en el centro de acogida de desplazados de Yibrín, en el extrarradio de Alepo, tras haberse salvado de milagro del atentado del pasado fin de semana en el que sus dos hermanos pequeños fallecieron.

Sus padres están ingresados en un hospital de Alepo, la mayor ciudad del norte de Siria, tras resultar heridos en el ataque, aunque "si Dios quiere, serán dados de alta hoy o próximamente", dijo a Efe Ibrahim en una conversación telefónica.

El atentado ha truncado la vida de esta familia, que había recobrado la esperanza al poder abandonar su pueblo, Kefraya, tras superar más de dos años de asedio por parte de facciones islámicas, entre las que figura la exfilial de Al Qaeda.

Kefraya y la localidad vecina de Al Fua, a 3 kilómetros, son dos pueblos de mayoría chií de la provincia de Idleb, que cuentan con un total de 20.000 habitantes.

Pese a su proximidad, Ibrahim afirma que apenas ha habido contacto en los últimos años entre los vecinos de ambas poblaciones por el cerco.

"La vida era tranquila en Kefraya antes del asedio, pese al conflicto", iniciado en Siria en 2011, recuerda Ibrahim, que se expresa como un adulto después de los sinsabores experimentados que le han obligado a madurar a marchas forzadas.

Con el cerco, la situación cambió radicalmente en Kefraya. El lanzamiento de cohetes por parte de las facciones se hizo frecuente, "cada dos o tres días, disparaban cohetes y solo íbamos al colegio cuando no había proyectiles", apunta el adolescente.

Además, la comida, el agua y la electricidad comenzaron a escasear: "Solo comíamos búlgur (grano de trigo partido) y arroz. Pan no he comido en dos años y fruta o verduras tampoco", relata Ibrahim, quien asegura que mucha gente murió de inanición.

La única ayuda que recibieron durante los años del cerco fue la asistencia ocasional que entraba de la Media Luna Roja Siria.

Ibrahim y sus parientes volvieron a tener ilusión en el futuro cuando surgió la posibilidad de salir de Kefraya gracias al pacto alcanzado entre las partes en marzo pasado.

Ese acuerdo, auspiciado por Catar, y logrado entre Irán y el grupo chií Hizbulá, y el rebelde Ejército de la Conquista contempla la evacuación de civiles y combatientes de Fua y Kefraya, así como de las poblaciones de Madaya y Al Zabadani, al noroeste de Damasco y sitiadas por los leales al Gobierno de Damasco.

"El viernes, subimos a los autobuses para salir de Kefraya y nos dirigimos a Alepo", rememora Ibrahim, quien detalla que los vehículos recorrieron con normalidad el trayecto hasta llegar a la zona de Al Rashidín, en la periferia oeste de Alepo, donde fueron retenidos durante horas, hasta el sábado.

Según activistas, los autobuses pararon en esa área más de lo previsto por diferencias entre las partes por el número de milicianos que viajaban a bordo.

Al Rashidín, bajo control opositor, sirve de separación entre las partes dominadas por las autoridades y las que están en poder de los insurgentes en Alepo.

Ibrahim y su hermana viajaban en un autobús distinto que el de sus padres y el resto de la familia.

"Cuando ocurrió el atentado (sobre las 15.00 hora local, 13.00 hora GMT) -agrega el joven-, nuestro autobús iba delante y había pasado ya a Al Ramusa", en el extrarradio sur de Alepo y bajo el dominio de las fuerzas gubernamentales.

El vehículo en el que se trasladaban sus dos hermanos pequeños y sus padres quedó rezagado en Al Rashidín.

"Otros vecinos de Kefraya me contaron que llegó una furgoneta que repartía patatas fritas entre los niños y estalló. Mi hermano Mohamed, de 10 años, y Haidar, de 6, perecieron", lamenta Ibrahim.

Al menos 126 personas, de las que 68 eran menores de edad, perdieron la vida en el ataque perpetrado con un vehículo del tipo "pick up" en Al Rashidín, de acuerdo a los datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, y que no ha sido reivindicado.

Los padres de Ibrahim sufrieron heridas leves y fueron ingresados en un hospital de Alepo.

Ahora, el adolescente espera que sus progenitores sean dados de alta lo antes posible y sueña ya con volver algún día al colegio.

"Cuando estemos todos recuperados y tengamos fuerzas, queremos trasladarnos a Damasco y a mí me gustaría regresar a la escuela", anhela el adolescente, que aspira a tener una vida normal, como la de cualquier otro joven, y estudiar literatura en la Universidad.

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