



Existen instancias en las que se hacen más evidentes las conductas agresivas entre los niños, por lo general se originan por las molestias que se provocan unos a otros y también por decisiones que tienen que tomar como a qué jugarán o a quién le corresponde guardar los materiales, entre otros, por lo tanto el adulto responsables debe estar atento y actuar con prontitud y diligencia antes el episodio agresivo.
“Las conductas agresivas no pueden ser vistas como “normales”. Pensar que son sólo un juego, resulta más dañino, por cuanto los agresores y agredidos debilitan aún más su desarrollo socio-afectivo”, asegura la Profesional.
La docente es enfática al asegurar que un buen nivel de desarrollo de las competencias comunicacionales y habilidades sociales, una conversación continua, el manejo y establecimiento de límites sociales claros y consensuados disipan diferencias y obstaculizan posibles agresiones.
“La formación personal en el niño es fundamental, desarrollar su identidad, autoestima, convivencia con buenos modelos y con un diálogo permanente favorece que tenga la capacidad de actuar de forma adecuada, tanto ante situaciones frustrantes como frente a una agresión” sentencia Montero.
No hay que olvidad que las agresiones afectan a todo el grupo: agresores, agredidos y “espectadores”. Se produce desequilibrio de poder, desagrado, desconfianza, desprotección y frustración. Por tanto, la intervención oportuna del adulto, debe devolver el bienestar, la anhelada convivencia y respeto, la protección y el establecimiento de límites consensuados con un fin comprensible para todos los niños.
